EL LAGO NEMI Y SUS NAVES. ROMA

 

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El lago Nemi está situado a solo 20 Km. al sur de Roma. En realidad se trata de un cráter volcánico que está a 388 metros sobre el nivel del mar. Su forma es casi oval y tiene 1800 metros de largo por 1200 metros de ancho, alcanzando profundidades de 35 metros. A sus orillas dos ciudades, Nemi y Genzano, están rodeadas de paisajes maravillosos y antiguamente estaban rodeadas por densos bosques que, según los lugareños, estaban dedicados a la diosa Diana.

Con estos datos no pasaría de ser un lago más con fondo barroso y sin gran interés, pero según una antiquísima leyenda, en ese lago se realizaban espectaculares bacanales. Pero no se realizaban en los bosques, sino sobre embarcaciones.

Y justamente este es el tema que nos preocupa, dado que las fantásticas ideas que aparecen en el film “Calígula”, no eran tan fantasiosas y más bien deberíamos decir que se trataban de ideas cristalizadas en la más sórdida realidad.

Con datos históricos se llegó a la conclusión de que podía tratarse de una nave de la época de Tiberio, pero en base a algunas de las exploraciones realizadas en 1895 se llegó a la conclusión de que se trataba de una nave del año 37 o 41 D.C. Esas fechas coinciden con el reinado de Calígula. Según los datos esparcidos en documentos diversos, se mandaron a construir naves para recreo de la Corte, además de ser el lugar apropiado para desenfrenadas orgias. Mientras tanto, la población de Roma sufría de hambre por falta de embarcaciones de carga que pudieran traer trigo de Cerdeña y el aceite de Sicilia. Pero eso no le quitaba el sueño al emperador, quien ordeno construir un palacio para su caballo, como también barcos para pasear hasta el sur de la península y reponerse de sus agotadoras jornadas intelectuales.

Con esto no quiero defender a Tiberio, que no fue el ejemplo de la buena moral, pero su lugar predilecto era la costa Amalfitana, más precisamente, la de Capri.

Como para los romanos el lago era un lugar sagrado, las “reuniones” eran solamente para venerar a la diosa Diana.

Pero lo más importante de todo esto es que la construcción de la nave si fue real, al igual que lo que se dice sobre Calígula y Tiberio.

Primeros hallazgos

Fue a través del historiador italiano Flavio Biondo que se obtuvo la primer noticia del tema en el siglo XIV.

Así es como el primer intento de reflotar la nave se realizó en 1446, cuando el Cardenal Colonna le encarga al científico veneciano León Bautista Alberti que se encargue de la empresa. Se lo comparaba con Leonardo Da Vinci por sus conocimientos, pero no por sus aficiones pictográficas o amorosas. Realizo un tratado denominado “Navis”, en el que analiza las posibles formas de la embarcación del lago.

A los 5 metros de profundidad fue encontrada una nave, muy cerca de la costa. Su idea fue la de simplemente arrastrarla hasta la orilla mediante tornos instalados en ella con cadenas fijadas por “hombres que nadaran como ranas”. Como es lógico pensar, consiguió causar grandes destrozos en el casco y extrajo algunos pedazos de madera. Para la superestructura ideo un mejor plan, que fue el de tratar de levantar la nave con garfios desde la superficie. No vale la pena comentar el resultado, pero si dejo datos importantes de sus técnicas porque muchos garfios fueron encontrados en 1895 clavados a la destruida superestructura.

En 1535 un intento de Francisco de Marchi, autor de “Architectura Militare” y realizador de la fortificación de Roma, dejo muchas cosas en claro.

Para estudiar la nave se sumergió dentro de un tonel invertido que, suspendido con una cuerda desde la superficie, hacía las veces de escafandra. Con ella podía caminar por el lecho del lago y al agacharse le quedaban las manos libres. Este invento no se sabe bien a quien pertenece, porque fue el mismo sistema empleado para el rescate de los cañones del “Wasa” y del “Kronan”, salvando la diferencia de temperatura, dado que estos se hundieron cerca de la costa sueca y a unos 30 metros de profundidad.

En la exploración que realizó a la nave no se animó a ingresar al palacio construido sobre la cubierta (superestructura) y solo extrajo clavos, mosaicos y distintos elementos pequeños. Decidió abandonar la empresa, dado que en más de una oportunidad el cabo que sujetaba la escafandra se cortaba, causándole múltiples lastimaduras.

Tuvieron que pasar casi 300 años para que nuevamente un romano tratase de realizar el rescate. Esta vez el ingeniero Anesio Fusconi, construyo balsas con importantes caballetes y cabrestantes. Desde ellas, y gracias a la invención del astrónomo Halley, la campana sumergible, bajaron logrando retirar entre otras cosas, columnas de bronce y una parrilla con la inscripción: “Tiberius Cesar”.

La más importante de todas las iniciativas fue la que llevo a cabo el anticuario Eliseo Borghi, debidamente autorizado por el príncipe Orsini, el cual por medio de buzos con campanas y escafandras, obtuvo múltiples y lujosos objetos. Se trataban de excelentes trabajos de orfebrería romana, propios de una mente perversa como la de Calígula. No se intentó reflotar la nave y, como es lógico suponer, los elementos más importantes (cabeza de medusa, lobos, parrillas, manos votivas, etc.) lograron ser vendidos a museos como el Louvre, el Británico y el de Berlín. Acto seguido el gobierno italiano anula la concesión del anticuario. De esta forma da comienzo a una empresa de gran envergadura: “El rescate de la nave de Calígula”.

El rescate

De esta forma quedo bajo la esfera del Ministerio de instrucción Pública y Marina, quien encomendó al ingeniero naval Víctor Malfatti un estudio. Llego a la conclusión de que existían dos embarcaciones en el fondo del lago. La más cercana a la costa tenía 71 metros de eslora por 20 metros de manga. A una distancia de 20 metros de ésta se encontró otra nave de 73 metros de eslora por 24 metros de manga, a una profundidad de 15 a 21 metros. El puntal no superaba los 3 metros.

Se trataban de “artefactos flotantes” que portaban palacios a todo lujo. Este descubrimiento permitió avanzar mucho en arqueología naval, dado que permitieron conocer cómo se realizaban los cascos en los comienzos de la era cristiana.

Para el rescate desestimo un simple reflotamiento, dado el deplorable estado del maderamen, y como toda obra emprendida por el Estado, consideró oportuno perforar el cráter y desaguar el lago realizando un canal hasta el mar. De esta forma las naves no sufrirían demasiado y se podría explorar todo el lecho del lago en búsqueda de objetos.

Recién en 1927 el gobierno acometió la tarea, pero con algunos cambios: tres potentes bombas eléctricas se encargarían de desaguar el lago por una acequia construida en la época romana y que era la que mantenía el nivel del espejo de agua. Después de 5 meses de bombeo continuo, el agua descendió 5 metros y apareció la primer nave.

Método de construcción

El casco estaba construido en madera de abeto, pino y ciprés. El forro era de 15 cm. de espesor y el calafateo se lograba con cintas de roble forradas en lana embreada y plomo. La obra viva que había permanecido tapada por el barro, estaba en mejores condiciones que la otra. La obra muerta estaba casi totalmente destruida por los anteriores rescates y por los 2000 años debajo del agua. Según los indicios encontrados, se supone que la propulsión era a remo.

Los hallazgos más importantes una bomba de achique de sentina que poseía cojinetes de bronce. También se encontraron anclas de madera de 5 metros con sunchos  y cepo de plomo, y otra de hierro de 4 metros con cepo y arganeo movible, muy parecida a la “almirantazgo” pero sin uñas. Luego fue apuntalada y retirada del lago.

En 1932 se logró retirar la segunda nave sin aportes importantes a lo ya mencionado, salvo estatuas de bronce y algunas ornamentaciones. Todo fue incorporado a un gran museo naval levantado en las cercanías del lago, que tenía como misión no solo contener ambas embarcaciones, sino también objetos provenientes del resto de
Italia.

Hoy en día solo quedan algunas fotos y los elementos vendidos a museos extranjeros, dado que durante la Segunda Guerra Mundial el museo quedo reducido a cenizas con todo su contenido. Ni Calígula hubiese  podido imaginarse  un doble final de este tenor.

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