LOS CANALES FUEGUINOS

 

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A pocas millas de Ushuaia un espectáculo imponente nos remite a la era Glacial. Caudalosos ríos de hielo descienden desde lo alto de la cordillera Darwin hasta morir en el mar. Se trata de la región conocida comúnmente como los ventisqueros chilenos. En realidad el correcto nombre es de glaciar, dado que los ventisqueros son los puntos donde la nieve se acumula y alimenta al glaciar. Este punto por lo general se halla próximo a la cima de la montaña y no a la orilla del mar. [VER MAS]

Cuando se menciona la palabra glaciar, uno lo asocia a montañas, nieve, lagos y escalamiento. Pero es raro unirla a la nautica  deportiva y mucho menos si se habla de la cordillera de los Andes.

Pero este es uno de los encantos de Tierra del Fuego, donde mar y montaña se unen formando un escenario natural y único. Sucede que las últimas estribaciones de la Cordillera de los Andes van perdiendo altura hasta sumergirse abruptamente en el mar y reaparecer en el continente Antártico.

Muchos navegantes de todas las ‚pocas mencionan, en sus relatos de navegación austral, fiordos smi obstruidos por hielo con bajos fondos repentinos, rodeados de una exuberante vegetación verde gris seca, con cúspides cubiertas de un blanco eterno e inmensas lenguas de hielo descendiéndolas. Al escribir sobre ellos se estaban refiriendo a los famosos y pocos conocidos “canales fueguinos”.

Acceso: Ushuaia o Punta Arenas.      

Por el momento existen solo dos vías autorizadas: ellas son zarpando de Ushuaia o desde Punta Arenas. De cualquier forma siempre hay que pasar por Chile dado que estos canales quedan en la Tierra del Fuego chilena. También por el momento solo existen dos formas de visitarlos. Una propuesta es a bordo del Terra Australis , que con viajes semanales de Punta Arenas – Ushuaia – Punta Arenas , recorre el brazo noroeste del canal Beagle y visita a m s de uno de estos ríos de hielo.  Esto para 1993 en la actualidad el Terra Australis está hundido y reemplazado por el Vía Australis y el Stella Australis de la misma Cía y muchos cruceros que pasan por los glaciares (2015)

La segunda propuesta es un poco m s romántica y aventurera: consiste en hacerlo a bordo de alguno de los veleros que fondeados en la bah¡a de Ushuaia se dedican a la tarea del “charter” .

Con anterioridad existieron otros intentos de realizar turismo en la región; con un pesquero reformado y bien acondicionado se partía de Pto. Williams para hacer una r pida visita y regresar a dicho puerto. Después de solucionado el conflicto fronterizo con Chile se realizaron algunos pocos viajes desde Ushuaia pero se susitaron problemas de practicaje y bandera del buque dado que se debía pasar a otro país.

En la actualidad se están realizando gestiones para tener acceso a ellos directamente desde Ushuaia o en todo caso recalando en puerto Navarino (isla Navarino, Chile)  frente a Ushuaia; y la idea es poder llegar a poner un catamarán para hacer un poco más masivo el turismo. (conrinua en el 2015 Je. Esto fue escrito en 1993)

Tanto el velero como los cruceros de lujo hacen que sean muy pocos los turistas que pueden visitarlos.

La cordillera Darwin es también un hito muy apreciado para montañistas y en especial los que quieren foguearse en ascender por hielo. Para lograrlo se debe buscar el apoyo de alguna embarcación dado que el acceso de otra forma es casi imposible. Según los adelantos que se realicen en la carretera que desde Porvenir (Chile) trata de llegar al canal Beagle , en poco tiempo ser  posible llegar a la estancia Yendegaia por tierra. En ella encontramos el glaciar de la cordillera Darwin m s cerca de Ushuaia. Por otra parte Miguel Serka, propietario de la estancia, es un excelente anfitrión y gustosamente presta colaboración alquilando caballos o suministrando carne vacuna o de cordero.

Proa a los glaciares del Beagle.

Para nosotros, como para todo hombre que no haya perdido su espíritu de aventura en aras del poder o de la comodidad, navegar hacia los glaciares nos atraía como toda cosa semi prohibida o casi inaccesible. Desde hace tiempo teníamos el desafío pendiente.

Lamentablemente primero tuvimos que esperar a que se terminaran los conflictos entre ambos países. Sucede que esta región de hielos y montañas se encuentra en la Tierra del Fuego chilena. Luego debimos esperar a poder contar con una  embarcación adecuada y el momento oportuno. Este último punto debe entenderse como la ‚poca del año con mejores condiciones meteorológicas.

Aspectos a tener en cuenta en una navegación. 

La isla Grande de Tierra del Fuego (ese es su nombre, recordemos que se trata de un archipiélago) esta sujeta a un clima muy particular. Sin ser una región muy fría tiene una temperatura promedio de unos 5°C  llegando a un promedio de los 15°C en el verano. La temperatura del mar oscila entre 2 y 5°C. Los vientos van incrementándose desde la llegada

de la primavera hacia el verano para luego decrecer su intensidad hacia el invierno. Durante esta estación las tormentas son menos frecuentes pero en contrapartida tenemos que los días son muy cortos, con claridad desde las 9 de la mañana hasta las 4 de la tarde. Este punto es muy importante porque por lo general la navegación es m s segura si se la hace con buena visibilidad y fondeando durante las noches; aún si el barco cuenta con radar. Durante el verano los días son largos, casi de 20 horas, y tiene la ventaja que las precipitaciones son en forma de lluvia aunque a veces nieva o graniza. Como dicen los lugareños: “en un día

tenemos las cuatro estaciones”. En verano es muy común estar con una temperatura casi agradable, sin viento, hasta que repentinamente aparece un chubasco con fuertes ráfagas acompañadas de granizo y una helada llovizna.

Partida en dirección opuesta.

As¡ fue como con Jorge Trabuchi, propietario del velero “Callas”  (dise¤o de R. Hosmann de 54 pies de eslora en acero) decidimos navegar hacia los glaciares no bien se fuera el verano. Especulábamos con una menor intensidad de viento, días suficientemente largos y precipitaciones en forma de agua. Es importante acotar que en la cordillera caen unos 10

metros de nieve por año. Esta es una de las razones por la cual el campo de nieve acumula lo suficiente para alimentar a las numerosas lenguas glaciales. As¡ y todo la mayoría de ellas están en un franco retroceso.

Las explicaciones que dan son varias como el calentamiento de la tierra, efecto invernadero, el ozono; una combinación de todas o simple proceso natural. ¨Quién lo puede determinar?  El porqué‚ de tanta precipitación también es difícil de explicar, la cordillera atrapa la mayor parte de la humedad que proviene del Pacífico dada la circulación normal de los centros de baja presión y los vientos (Oeste – Este).    (Ahora 2015 ya están mas en claro las cosas, no lo quise cambiar por mostrar lo que se pensaba.)

Aprovechando nuestra navegación Julio Brunet y los hermanos Ludueña  decidieron acompañarnos con el “Yaghan II” (Beagle 26: diseño de M.Biloch  de 26 pies de eslora). En el “Callas” se embarcaron Roberto Roca, Danilo Clement, Cecilia Illa y Eric, hijo de Jorge , que con solo 3 años de edad se convirtió en el grumete-mascota de a bordo.

La primer etapa fue hacia puerto Williams, en la isla Navarino, Chile. Está  a solo 35 millas de Ushuaia, pero en la dirección opuesta a los glaciares. Sucede que es necesario, antes de entrar en aguas chilenas, hacer los correspondientes papeles con la autoridad marítima  del vecino país y pedir autorización para navegar por sus aguas; cosa que tardó en llegar más de 48 horas. As¡ fue como nos dedicamos a recorrer el pequeño poblado de Williams y la interesante reserva indígena de “UKIKA” donde viven las últimas descendientes del pueblo y mana.

Hace poco más de un siglo vivían en la zona alrededor de 3.000 yaganes que navegaban desde el Cabo de Hornos hasta el Beagle en sus marineras embarcaciones de corteza. Como único atuendo usaban un cubre  sexo o, a veces, alguna capa de piel de lobo marino. El fuego era su principal fuente de calor y se alimentaban con todo aquello que la naturaleza les brindaba, viviendo en plena armonía con ella. Hoy por hoy estábamos intentando internarnos en lo que fue su patria. Solo quedan unas pocas descendientes y muchísimos yacimientos arqueológicos a flor de tierra (llamados concheros por las valvas de mejillones y cholgas que se acumulaban alrededor de sus refugios, además de huesos de aves y lobos marinos, base de su dieta) para hacernos recordar la naturaleza del europeo; el cual, sin proponérselo, extinguió a todos los primitivos habitantes del archipiélago.

Pto. Williams, ex Puerto Luisa de la familia Lawrence de Ushuaia, fue expropiado en 1953 y allí la Armada de Chile asentó su base la cual dio origen al pequeño poblado que la rodea. Pasear por  él es como remontarse a la Ushuaia de un siglo atrás. De casi todas las casas se ve salir un  humito con el característico olor a leña quemándose. Es que tanto para cocinar como para calefacción se usa todavía la leña proveniente de los bosques de lenga que la rodean.

Uno de los puntos que hacen linda la recalada en este puerto es que la naturaleza se exhibe con todo su esplendor y está casi al alcance de la mano. Tanto es as¡ que ni los pájaros aprendieron a temer al hombre, posándose a escasos centímetros de uno.

En búsqueda de los hielos.

A medida que pasaban los días llegaban más veleros. Entre ellos apareció la goleta española Arel II que, a remolque forzoso de una patrulla, la  traían de vuelta de la región de los glaciares. El motivo nunca lo tuvimos bien claro ya que contaba con una autorización bastante

amplia para navegar la zona. Pero con el correr de los días y la intervención de diplomáticos de la península ibérica, se trataba de un pariente de la familia Borbón, todo se arregló.

As¡ se fueron juntando alrededor del “Milcavi” , un transporte hundido que sirve de sede al Club Náutico del lugar, varios barcos con intenciones de partir al temido Cabo de Hornos y hacia los Ventisqueros. Mientras tanto varios otros llegaban de la Antártida y del Cabo de

Hornos. Entre ellos arribó una pareja de kayaquistas que en un periplo desde Puerto Montt habían doblado el mítico “Cabo” y seguían hasta Ushuaia para poder regresar a su país de origen. Sucede que Ushuaia, por su desarrollo e infraestructura, se convirtió en centro de toda la actividad n utica de la zona y puente natural para cruzar a la Antártida. (El 90% de los vistantes).

Luego de pasar el primer escollo, y muy probablemente el más desagradable, partimos llevando un “asesor Náutico” impuesto por la autoridad marítima. Si bien de veleros sabía poco, era la primera vez que navegaba en uno, resultó una persona agradable con una misión que cumplir: vigilarnos. As¡ son las reglas de juego, tomarlo o despedirse nuevamente de los glaciares. Lo único molesto del tema, es que a los veleros franceses o de otra bandera no le imponen prácticamente nada. Siendo el blanco de los chistes de todos los otros barcos allí reunidos,  que entre líneas nos hacían entender que se trataba de un problema de bandera, zarpamos un par de horas antes del anochecer.

No es lo ideal, pero como el viento ayudaba y la noche pintaba ser tranquila, decidimos avanzar hacia el oeste lo máximo que el clima permitiera. Por lo general las variaciones del tiempo no se pueden predecir con mucha anticipación, pero dado que mientras duró la recalada forzosa pasó un frente del sud-oeste con fuertes ráfagas de viento y mucha lluvia, presumimos unas cuantas horas de buen tiempo.

As¡ fue como rápidamente dejamos atrás el faro de Les Eclaireurs, que señala la entrada a la bahía de Ushuaia, la baliza de las piedras Perón (contramaestre Perón), más entrada la noche pasamos por la baliza de  Punta Yamana (apagada) y alrededor de las 6 de la mañana por Punta Divide. Si bien toda la navegación fue por radar y con el GPS (posicionamiento por medio de satélites) no dejó de tener alternativas interesantes.

En este punto el canal Beagle se divide en los brazos sud-oeste y nor-oeste. Este último tiene un acceso m s estrecho dado que la isla Diablo lo obstruye casi en un 50 % provocando esto fuertes corrientes con sus consiguientes escarceos de marea (olas verticales en un orden

caótico) que producen en las embarcaciones menores el efecto de una zaranda.

Si bien nos cobraron la correspondiente tasa para navegar por aguas interiores y que se aplica al mantenimiento de balizas y boyas, no deben recaudar mucho porque la baliza de isla Diablo también estaba apagada. El “Yagh n II” continuaba siguiéndonos lo más cerca posible. Ellos sin radar ni navegador satelital tenían que confiar en balizas, cartas náuticas y en especial lo que hacíamos nosotros.

Navegando cómodamente desde el interior del barco, bien calefaccionado, tratábamos de distinguir piedras y bajo fondos con suficiente anticipación. Por más que uno cuente con un gran instrumental electrónico, las piedras semi sumergidas o pequeños islotes y restingas

son difíciles de detectar. Una de las mejores evidencias de que nos da la naturaleza sobre la existencia de un bajo fondo son las algas conocidas en la zona con el nombre de “cachi-yuyos” o “Kelp” en ingl‚s ( Kelpers: Comedores de algas). Estas algas crecen en lugares no muy profundos,  menos de 30 metros, y poseen un tallo con grandes hojas que llegan hasta

la superficie. Cuando un buque se encuentra con estas algas lo más probable es que tenga un final poco feliz. Para un velero como el nuestro el riesgo es mucho menor al tener solo dos metros de calado. Pero de cualquier forma es una señal de advertencia que no hay que dejar pasar.

WILLI-WAUS, vientos catabáticos, icebergs y otras yerbas.

Es muy común que aparezcan los temidos Willi-Waus y toda precaución nunca es en balde. Estas turbonadas violentísimas (40 a 70 nudos o m s) no avisan y pueden llegar de cualquier dirección. Si esto sucede y nos toma por sorpresa con las velas izadas, navegando cerca de piedras o costa con poca brisa, puede arruinarnos todos los planes de navegación para el resto de nuestros días.

En otras zonas como Australia o Nueva Zelandia también existe un fenómeno similar que posee el mismo nombre. Es muy probable que el término haya sido impuesto por navegantes ingleses del siglo pasado.

Muchas veces se confunde con este nombre al temido viento cataba tico.  Este último es el que desciende en forma inesperada, y más que violenta, por las lenguas glaciares desde las cúspides de la montañas hasta llegar al mar. Suelen presentarse en días totalmente calmos y las consecuencias son por demás catastróficas. Solo imaginemos un bote de goma con dos o

tres hombres cumpliendo alguna misión y que sean sorprendidos por esta masa de aire. Si no se da vuelta con el primer golpe en el mejor de los casos puede llegar a ser arrastrado aguas afuera en un helado y tormentoso mar.

A medida que avanzamos veíamos mayor cantidad de siluetas de piedras muy cerca de la costa. Preferimos mantenernos alejados aunque dudábamos sobre lo que veíamos. Pasamos por Caleta Olla, un excelente lugar para fondear, pero preferimos seguir sin  recalar aprovechando un viento suave del des cuartelar.

Entre la penumbra pudimos ver el glaciar Holanda. Este no llega al mar sino que la morena del frente esta tapizada de una tupida vegetación. Evidentemente desde hace mucho tiempo que está en franca retirada.  Ya las piedras se hacían cada vez más numerosas y gracias a la mayor  claridad pudimos notar que su color blanco no estaba dado por rompientes.

La sospecha se convertía en certeza: se trataban de pequeños témpanos.  Para todos nosotros era la primera vez que nos topábamos con ellos y la falta de experiencia hizo que le tuviéramos un gran respeto dedicándonos a escudriñar el agua en una búsqueda constante.

El espectáculo del glaciar Italia que baja por la cordillera Darwin hasta el mar, con sus dos descansos y franqueado en ambos lados por oscuros muros de roca casi vertical nos impresionó profundamente a todos y por otra parte nos aclaró el porqué de los tempanitos.

También entendimos el cambio de coloración en el agua que de azul oscuro pasó a un verde claro, notándose perfectamente una línea divisoria entre ambas. Esta se da por la diferencia de densidad (salinidad) entre ambas y si bien a la larga se terminan mezclando el fenómeno nos era extraño.

El glaciar Francia nos esperaba a pocas millas de distancia con dos hermosos saltos de agua. Muy cerca el ventisquero Alemania vertía gran cantidad de agua al canal. Con un gran frente que no llega al mar se extiende en lo que parece un profundo valle entre varios picos.

Nuevamente pocas millas nos separaban del “Romanche” que desde una altura de aproximadamente 200 metros su desagüe forma una gran cascada que se desliza por varios saltos. Tratamos de acercarnos lo máximo posible, pero piedras y cambios abruptos de profundidad nos indicaron a las claras que la zona está en lentos procesos de cambios y era bastante peligrosa. Por otra parte siempre estaba pendiente la posibilidad que un bloque de hielo caiga sin previo aviso.

Hace un par de años atrás los pasajeros del “Terra Australis” tuvieron una fea experiencia cuando un gran bloque de hielo se desprendió del frente del glaciar. Al emerger produjo un fuerte oleaje que dio vuelta varios botes con turistas que estaban contemplando más de cerca al milenario hielo. Por suerte no hubo que lamentar muertes. Todo chapuzón en aguas heladas produce un “shock” cuya consecuencia puede ser un paro cardíaco. Por otra parte la pérdida de temperatura es tan rápida que, según las condiciones del individuo, puede sobrevenir la muerte en cualquier momento pasados los primeros 10 minutos.

As¡ es que para tranquilidad de nuestro “asesor Náutico” emprendimos la retirada. Tres horas de navegación nos separaban de la entrada al seno Garibaldi. Uno de los lugares preferidos por los visitantes de todas las nacionalidades.

Ventisquero Garibaldi.

Al ingresar al “Seno” comprobamos que las inexactitudes de la carta de navegación eran muchas. La isla que teníamos que encontrar cerca de la entrada estaba desplazada hacia el fondo del fiordo. Esto sumado a la poca visibilidad que empezó a reinar, con lloviznas y nubes bajas, nos decidió a fondear en el lugar que nos pareció apto para pasar la noche.

Después de almorzar nos dedicamos a explorar el lugar pero la lluvia hizo que nos quedáramos dentro del barco. Muy poco era lo que se podía ver y salvo una playa llena de pequeños témpanos no se veía hielo por ningún lugar.

Las laderas del fiordo estaban tapizadas por un tupido bosque sub antártico que con su clásico verde grisáceo hacía todo más triste.

Después de tomar unas cuantas botellas de vino caliente quedó establecido el programa a seguir el próximo día: tratar de ver el glaciar y después continuar hasta “Seno ventisquero”, a unas 35 millas de nuestro fondeadero.

Con el vino se empezó una picada de mariscos a la marinera y una opípara cena con ambas tripulaciones fue el preámbulo de una larga charla de sobremesa en la cabina del “Callas”. Como sucede siempre, se habló de todo un poco mientras se desarrollaban las más variadas tareas desde comunicarse por radio a estudiar las cartas de navegación, cocinar, jugar a las cartas, limpiar los equipos de fotografía o hacer algún mantenimiento al barco, mientras Eric tomaba la mamadera.

Muchos que lean este relato pensarán que el periplo que estábamos haciendo era un juego de niños. Muy por el contrario son pocas las personas que se animan a hacerlo. La zona es poco frecuentada y casi desconocida. Las profundidades se ignoran y como lo dice la advertencia de la carta de navegación: “pueden existir variaciones entre el relevamiento topográfico y el posicionamiento real”. Cosa que comprobamos al ubicar montañas, bahías, islas, ríos y lagos en lugares diferentes a los indicados. Llevar niños a navegar tampoco es una molestia. Se le debe enseñar desde muy chicos a cómo moverse, abrigarse, colocarse el chaleco salvavidas, subir o bajar de la embarcación y en especial familiarizarse con el movimiento del barco, la lluvia y las tormentas. Como dice el dicho “siempre que llovió paró” , por lo menos eso ocurre en el mar. Los otros dos ingredientes fundamentales son : la embarcación adecuada y una mínima tripulación con experiencia.

Gran final y despedida. 

La mañana se presentó algo nublada y mientras desayunamos temíamos no poder cumplir lo planeado. As¡ es que zarpamos hacia el ventisquero con poca fe. Un mar cubierto de hielo y pequeños témpanos nos esperaba a pocas millas de la isla. En lo costa, sobre rocas y aleros de los acantilados, nos gritaban pequeños grupos de lobos marinos. A lo lejos veíamos tres grandes masas de hielo que llegaban hasta el agua. El avance era lento, el hielo golpeaba contra el casco y restos de pintura quedaban en ellos. El silencio solo se veía interrumpido por el tronar del glaciar cuando grandes bloques se desprendían cayendo al agua. Olas de casi dos

metros eran producidas al emerger el bloque del agua. El “Yaghan II” nos seguía de cerca dejando que el “Callas” vaya abriendo paso.

Pasamos tres lenguas glaciales que descendían del mismo campo de nieve. Navegando hacia el frente principal, de unos 70 metros de altura,  el tronar de los desprendimientos nos sorprendían de todos lados. Tratábamos de ubicarlos pero era imposible. Por suerte una suave brisa del sector norte nos permitió navegar a vela, aunque con paño muy reducido por las dudas que aparezca un repentino “viento catabatico”.

Durante varias horas prolongamos este placer de un mar helado, témpanos, laderas de roca pelada, tupidos bosques sub antárticos y un río de hielo majestuoso con todas las tonalidades del azul, blanco nieve, cristal e incluso hielo negro (gruñones). Los témpanos por s¡ mismos eran un espectáculo aparte dado que la variedad de formas y colores era inimaginable. Por otra parte no estaban estáticos sino que algunos giraban inesperadamente mostrando su cara sumergida para después de un rato cambiar nuevamente de posición. Había bloques que prácticamente no veíamos dado que se mantenían a media agua al ser de muy alta densidad;

conocidos como gruñones, por los ruidos que hacen al recibir los tenues rayos del sol, provienen de la base del glaciar que por milenios debieron soportar la compresión contra la tierra.

Con mucha pena comenzamos una lenta retirada en búsqueda de alguna cascada que nos permitiera hacer agua. En ciertos lugares la costa es tan a pique que permite acercarse hasta la desembocadura de un río, poner una manguera y llenar los tanques de agua potable.

El regreso lo hicimos con un fuerte viento de popa que nos hizo navegar rápidamente, tomándonos solo dos días. Al recalar en caleta Voilier un grupo de delfines australes nos marcaron un preciso paso entre rocas para ingresar al poco utilizado puerto natural. En estas pequeñas bahías, la mano del hombre todavía no se encargó de explotar los recursos naturales; as¡ es como las ramas de los arboles llegan hasta la línea de pleamar y caminando entre ellos es posible encontrar rastros de los anteriores habitantes. Los paisajes son más acordes al Caribe que al cercano continente Antártico ( a solo 1.000 km. de distancia).

Luego recalamos en caleta Olla; bahía Yendegaia, con los restos de la nave del último pirata a vela de la zona; y Puerto Navarino, frente a Ushuaia. Todos puertos naturales que brindan un perfecto abrigo a las embarcaciones de pequeño porte y con paisajes únicos.

Región temida y desconocida, patria de un pueblo extinguido que durante siglos fue adaptándose a la inhóspita naturaleza donde le tocó vivir hasta llegar a hacerlo en una perfecta armonía. Hoy, después de un siglo, el europeo sigue intentando establecerse. Casi como si se tratase de una lucha, hombre versus naturaleza, y no aceptándola como es y lograr

adaptarse. Tal vez por eso todavía posea encantos que atrapan.

Puede ir o no:

Recuadro:

La posibilidad de acceso.

Si bien lo ideal es con el velero propio existe un método más práctico: formar un pequeño grupo, de 4 a 8 personas, y alquilar una embarcación con tripulación. Según su tamaño los precios oscilan de 600.-  a 1.000.- dólares por día con comida y bebida incluida. Conviene planear la navegación con cierta anticipación.

Mayor información: Diaz Velez 676 6°A (CP1636) La Lucila . 794-4348 o en Ushuaia al (0901) 22234.

Ficha técnica del velero “Callas”

De propiedad de Jorge Trabuchi el velero “Callas” es un diseño en acero del Ing. Roberto Hossman. Con 54 pies de eslora y aparejado ketch con palos Seldem, esta especialmente equipado para la zona. Posee dos juegos de velas Hood: uno normal y otro de menor dimensión y de paño más grueso para soportar los fuertes vientos de la región. Para navegar por los canales es conveniente tener un buen motor, para eso cuenta con un Mercedes Benz de 100 HP. Equipado con radar, una central completa de comunicaciones y equipo de navegación, además de piloto automático. Posee planta des salinizadora, termo tanques y calefacción Reflex a gas oil. La doble timonera protege y hace m s cómoda la navegación.

Lic. Carlos Pedro Vairo

 

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