“MILA”: UNA HISTORIA DE AMOR EN SAN JUAN DE SALVAMENTO

 

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Corría el mes de junio, en Puerto Deseado coincidieron el transporte Villarino, en viaje de retorno, y el pequeño buque Golondrina, destinado desde hacía poco tiempo, para servicios de salvamento en Tierra del Fuego y adyacencias.  Su comandante, capitán de fragata y subprefecto de la isla de los Estados, se había enfermado, por eso fue nombrado en su reemplazo el alférez de marina Mariano Beascoechea, que viajaba en el Villarino.

 

A través de su libro de memorias, “La novela del Mar”, que escribió estando ya retirado con el grado de Contra Almirante, podemos conocer algunos episodios ocurridos en la isla.

 

Llegaron a San Juan de Salvamento, después de sortear algunos inconvenientes por lo malo del tiempo, el 9 de julio a las 8 de la noche.  En seguida subió a bordo el ayudante de la subprefectura, Natalio Borghini, y poco después se instalaban en el cómodo chalet del sub prefecto.

 

Beascoechea estaba interesado en conocer una trágica historia de amor que se había desarrollado en la isla y que Fritz conocía, porque en ese entonces él ya vivía allí.

 

Esta es la historia contada por el mismo Fritz: “Ya funcionaba el faro.  Una tarde, así como esta, en que había concluido de caer la nieve, y viento y mar estaban calmos, hallándome sentado sobre las rocas de punta Lasserre vi a la distancia, algo más acá del cabo San Juan, una embarcación desmantelada en la que venían remando ocho personas, que haciendo esfuerzos visibles, trataban de zafarse de los tide-rips y de guarecerse en este puerto.  Me paré sobre las rocas más altas haciéndoles señales con el pañuelo, y, así que noté que las vieron, les indiqué la dirección conveniente y, muy de prisa, regresé al puerto para poderles auxiliar y recibir.

Serían las dos de la tarde, es decir, ya próxima la noche, porque era pleno invierno.  El bote náufrago se acercó al sitio donde hoy está el muelle y que entonces era un montón de piedras.  No podré olvidar aquel momento en que los vi arrodillarse al pisar tierra y rezar mirando al cielo.  Con varios compañeros, que con anticipación llamé en mi ayuda, los condujimos a la cocina, que era nuestro lugar de reunión; allí, el calor, los alimentos y algunos tragos de ron, los volvieron a la vida.  Les dimos colchones y frazadas y, al calor del fuego, se quedaron dormidos… ”.

 

Entre aquellos náufragos venía una mujer joven, de cabellos rubios, Mila, esposa del capitán y recién casada”.

                   

“….No sabían explicar la causa del naufragio, sólo afirmaban que tres días antes de avistar esta isla se les inundó la bodega de proa y que, a pesar de los trabajos para expeler el agua, no pudieron evitar que la proa se sumergiera.  Que a pesar de la catástrofe trataron de seguir navegando, cuando un violento y repentino huracán tronchó el palo trinquete arrojando al mar seis hombres que trabajaban en sus vergas; que un marinero que ya venía enfermo, se enloqueció totalmente ante el peligro, mató al capitán en un acceso de furia y se suicidó después; y que en estas trágicas circunstancias abandonaron el buque, que ya se hundía…”.

 

“….Mila era casi una niña, pero tenía una dignidad ingénita que inspiraba cariño y respeto.  Todos la queríamos y la ayudábamos en sus quehaceres diarios, pues ella nos cocinaba, administraba la despensa y cuidaba los cabritos.

Dietrich, el piloto de la Rubinstein, la cuidaba y acompañaba sin cesar”.

Es que había existido entre ellos, siendo aún niños, un noviazgo en el pueblo natal de ambos, Sveaboro, golfo de Finlandia.  Después Dietrich abandonó el pueblo, para dedicarse a la navegación.  Por su parte, a Mila la obligaron a casarse con un hombre mucho mayor, el capitán de la Rubinstein, casualmente volvieron a encontrarse en ese barco en el que Mila viajaba de luna de miel”.

 

No hacía un mes que los náufragos estaban en la isla cuando llegó a San Juan del Salvamento el cúter Santa Cruz, trayendo a bordo al gobernador de Tierra del Fuego, capitán Félix Paz, y al nuevo subprefecto de los Estados con algunas otras personas”.

 

El cúter permaneció dos días y luego levantó sus velas, dejando en la isla al subprefecto, a un amigo de éste y a un asistente que, con ellos, había venido de Buenos Aires”.

 

El amigo del subprefecto, joven de buena figura, venía a la isla para que en Buenos Aires olvidaran sus locas aventuras y con el proyecto de permanecer algunos meses para estudiar la mejor manera de realizar, en gran escala, cacerías de lobos de dos pelos, con lo cual pensaba rehacer su aniquilada fortuna.

Paul, tal era su nombre, no ocultaba a nadie ni su pasado ni sus proyectos.  Hablaba alemán y esto nos lo hizo particularmente simpático.

Ninguna novedad alteró en las primeras semanas nuestra vida monótona y ociosa.  El nuevo subprefecto, hombre de algunos años, era afable y tranquilo, pero desde el primer momento se mostró desagradado por la presencia de una mujer en la isla.

“Mujer sin marido, dijo, sólo puede ser causa de incidentes desagradables”.

Y, consecuente con ese criterio, anunció a Mila que tan pronto llegara el Villarino, sería enviada a su cónsul en Punta Arenas, juntamente con los demás náufragos cuyos servicios eran innecesarios.

Entonces recuerdo que ella me dijo que, si bien extrañaba a sus padres y a sus amigos, no se consideraba desgraciada, porque creía que también en la isla se podía llegar a ser feliz”.

 

“- Me gustan estas costumbres libres, me dijo, donde no imperan las restricciones ridículas del mundo; amo estos paisajes, esta vida excepcional me encanta y quisiera continuarla”.

         

      “Antes de un mes todos notamos que el jefe de la isla era Paul, que él era quien mandaba, quien hacía triunfar su voluntad hasta en los menores detalles, y entonces principiamos a comprender todos sus recursos y cómo sabía servirse de los demás en provecho propio”.

          

    “Dos meses y medio después de su llegada, el subprefecto cayó enfermo, y tan de cuidado que muchos días se creyó en un desenlace fatal”.

         

     “Mila se convirtió entonces en la enfermera del paciente y muchas noches veló a la cabecera de aquel hombre, prodigándole todos los cuidados que su estado reclamaba”.

            

   “Paul también cuidaba al enfermo y allí se veían, sin testigos, a todas horas del día y de la noche; y entonces sucedió lo que era fácil prever: la juventud, la belleza y otros atractivos que los dos tenían hicieron palpitar en ellos los estremecimientos del amor”.

            

 “Vino el Villarino y se llevó al enfermo, y Paul quedó a cargo de la subprefectura.  Sólo tres de los náufragos de la Rubistein se ausentaron de San Juan.

El pobres Dietrich, sin comprender el alcance de su infortunio, vigilaba celoso todos los pasos de Mila, hasta convertirse en la sombra animada de aquella mujer; y cada día se notaba más y más su estado inquieto, como si múltiples y punzantes preocupaciones gravitaran sobre su alma.  Había días que apenas nos dirigía la palabra, y otros en que se veían en sus ojos vénulas purpúreas que daban a su rostro la expresión de un odio implacable”.

       

      “En todas las ocasiones, Dietrich buscaba a Paul con la mirada, revelando entonces el furor interno que lo devoraba”.

         

    “Pasaron las semanas, y cierto día avisaron del faro que se creía haber visto un bote con náufragos por los alrededores del cabo San Juan, y acto continuo fue enviado Dietrich con el marinero Otón en un bote para que recorrieran, en su busca, cierto tramo de la costa”.

   

        ¡Y ese bote no regresó jamás!

     

       Dos días después Paul y el indio Manuel desaparecieron de la isla, y con ellos la gran lancha salvavidas.

          

 Fueron días sombríos- me dijo Fritz- los que siguieron al de la huida de Paul, y eso que la naturaleza había sujetado sus furias, pues ni el viento bramaba entre las montañas ni el oleaje de la marea producía sus ruidos tumultuosos en su eterno vaivén sobre la playa, y ¡cosa rara! el sol brilló muchos días sobre un cielo sin nubes; pero, a pesar de aquella rara quietud, todos estábamos tristes, pues nos sentíamos en parte responsables de aquel dolor que aniquilaba a Mila.

      

    “Con las primeras luces de la mañana, la veíamos trepar por la ladera buscando el vértice más alto de la montaña, el sitio desde donde se dominaba mayor extensión de mar; y allí llegaba para buscar con la mirada ansiosa, enloquecida por el dolor, un mástil, un vestigio, alguna sombra que denunciara la presencia de su amante fugitivo.  La veíamos con la cabellera suelta, flotando al aire y presa de un pesar inmenso”.

         

 “Muchas veces, cuando se hacía tarde y no regresaba, íbamos en su busca con el náufrago Gunther y el carpintero Mauricio, y, una vez a su lado, a duras penas conseguíamos traerla a pesar de mil exhortaciones, hasta que al fin nos oía emocionada por nuestros ruegos”.

           “Entonces, con especiales precauciones, la acompañábamos por el abrupto descenso.  Volvía desfallecida, y a cada momento, buscándole un descanso, la sentábamos en las piedras de la pendiente, en las hendiduras que encontrábamos al paso; y cuando llegábamos ya tarde de esas penosas jornadas, nos costaba trabajo alimentarla”.

         

 “Varios días de esta vida angustiosa habían pasado, cuando una tarde entró Gunther a mi cuarto diciéndome que Mila me llamaba”.

        

 “- Anda y dile en buen alemán que ese maldito de Paul no merece ni una sola de sus penas, dile que se considere nuestra hija, consuela a esa pobre mujer cuyo dolor nos alcanza a todos.”.

Entonces fui, ¡Sólo Dios sabe cuál era en ese momento el estado de mi alma!

Mila me esperaba tranquila, sentada al borde de su cama.

 

“- Fritz, me dijo, yo sé que tú me quieres, he adivinado desde el primer momento el cariño que te inspiro; tú eres bueno, te ruego entonces que me digas la verdad sin ocultarme nada, porque la vida así se me hace insoportable, porque el final de cada hora es la muerte de una esperanza: tú debes saber porqué Paul me ha abandonado: ¡ Dímelo sin temor !.

 

“- ¡Escúchame Mila!…Nosotros sabemos que la muerte de Dietrich y Otón fue un crimen cometido por Paul.  Sabemos que aquel bote en que les ordenaron embarcarse para aquella fingida comisión de salvamento era un bote preparado para que se inundara a las pocas horas de flotar.  El indio Manuel nos contó, un día antes de fugarse, cómo de noche, cuando todos dormíamos, Paul destrozaba el calafateo de aquella embarcación.  Tú sabes, Mila, que Paul odiaba a Dietrich porque este te espiaba, porque éste seguía tus pasos, y Paul sabía que la navaja de Dietrich, convertida por éste en un cuchillo peligroso, estaba destinada para hundirse en su cuello.  Nosotros sabíamos que tú eran inocente, que ni siquiera sospechaste la perversa alevosía en que se preparó y realizó aquel crimen.  Escucha, Mila: cuando vimos al amanecer siguiente que Dietrich no regresaba, recordando lo que nos había contado Manuel la noche anterior, nuestras sospechas se hicieron firmes y entonces, sin permiso, sin pedir órdenes a nadie, alistamos la lancha salvavidas trayendo tan sólo un remo de la embarcación perdida; pero lo que ignoras es que ya de regreso, juramos vengar ese crimen, pero enterado de eso el indio Manuel, así como había traicionado a Paul, nos traicionó a nosotros.  Por eso Paul y Manuel se fueron juntos, aprovisionando de noche la lancha salvavidas y largándose después, seguramente para ir a buscar algún cúter lobero.  No esperes Mila, su regreso, y ten confianza en nosotros que velaremos por ti”.

             

 “Mientras yo hablaba, brotaban sin cesar de sus ojos cerrados lagrimas silenciosas; profundos y contenidos suspiros conmovían su pecho, y cuando terminé me miró con mirada triste y velada por el llanto.  Luego, los músculos de su rostro se animaron, con una leve sacudida nerviosa se puso de pie y temblorosa me dijo:

        

      “- Yo te juro por Dios que soy inocente; que esta es la primera noticia de la causa de la muerte de Dietrich, la que consideré siempre como un gran infortunio debido a la fatalidad y los peligros naturales de estos mares, pero ni un momento pude sospechar siquiera que aquella desgracia fuera el resultado de tan horrible crimen.  Dietrich era mi amigo de la infancia y fue mi novio cuando vivía feliz al lado de mis padres; él representaba aquí mi hogar y mi pueblo; siempre fue leal y Dios sabe las muchas veces que intercedí con Paul para que éste fuera su amigo y lo tratara con benevolencia.  ¡Oh Fritz! Yo te juro que siempre quise bien a este amigo; pero su amor me alejaba de su lado y tú sabes que es inútil luchar contra la resistencia y las simpatías del alma”.

          

   “- Y luego de dejarse caer sobre la cama, y mientras sollozaba entre raudales de lágrimas, agregó  – “¡Dios mío! ¿Es posible que ni aún aquí me abandone la fatalidad que me persigue?  ¡Nunca pude imaginarme una verdad tan horrenda!”.

“En respeto a su dolor me alejé de su pieza.

Esa noche tendimos nuestros colchones en el corredor, próximos a Mila, le dimos te caliente y ron, y le hicimos saber que Gunther y yo dormiríamos cerca de ella por se llegara a necesitarnos”.

 

“Al amanecer siguiente nos dimos cuenta de que Mila había desaparecido”.

 

“- Tome, alférez- me dijo Fritz, entregándome unos papeles-, he traducido anoche, para usted, algunas páginas que cuentan mi infortunio;….ellos le dirán por qué razón un hombre, joven todavía, prefiere a los placeres del mundo vivir cerca de una tumba”.

    

     “He aquí lo que dicen esos papeles, que conservo como una reliquia:

 

         “18 de junio de 18… – !Mila! Hoy hemos encontrado tu cadáver, flotando próximo a los arrecifes de punta Lasserre. Dime ¿a qué hora abandonaste el lecho? ¿Cómo te deslizaste sin que Gunther y yo te sintiéramos?

         

 “¿Por qué senda llegaste al precipicio? ¿Fue acaso por el camino de las rocas que bordean la península del Faro? !Pero que!, no te amedrentó el espectáculo del inmenso anfiteatro que forman las montañas que nos rodean, agigantadas por la oscuridad de la noche? !Dime!… el murmullo de las aguas del rumor del oleaje distante, la placidez de los cielos y la tranquilidad de los bosques, ¿no te aconsejaron que vivieras, abriendo tu espíritu a los ilimitados horizontes de la esperanza? ¿Por qué te fuiste, Mila?… ¿No sabías, acaso, que todos los dolores de la vida tienen un término y que sólo la muerte es irreparable?”

     

  “19 de junio.- !Mila! Ya descansas, para siempre, en la fosa que tus amigos cavamos para sepultar tu cuerpo. Una cruz y un montón de piedras recogidas en la playa marcan el sitio de tu descanso eterno. Allí iré con frecuencia para llevarte , como si fueran flores, las lágrimas que me arrancará siempre tu recuerdo ¿Por qué te fuistes y me dejaste solo? …”.

  

     “… Al terminar la lectura de esta última página de Fritz, decidí ir a visitar la tumba de Mila. Era el mes en que principiaba a declinar el invierno, el mes en que se inicia la primavera, cuando las primeras brisas tibias derriten la nieve y cuando reaparece en los barrancos y en los senderos el verde de las praderas.  Al llegar al faro, bajé por la pendiente occidental hacia los arrecifes que allá, en el fondo de la profunda quebrada, baten sin descanso las rompientes, y busqué entre los desplayados de las rocas el montón de piedras, y , al encontrarlo, al aproximarme y descubrir la tosca cruz de hierro que marcaba el sitio de aquella tumba, incliné la cabeza… y una oración sin frases voló a los cielos”.

 

El alférez Mariano F. Beascochea deja la isla a bordo del transporte “Ushuaia” que trae el relevo de la guarnición. No debe haber sido sin algo de melancolía.

 

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