Refugios y bases abandonadas

Refugios y bases abandonadas

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Al pasar por Peterman Island vimos el refugio argentino abandonado y en la pared del glaciar dos personas esquiando. Enseguida se sacaron las camperas y saludaron efusivamente. S¡, Michelle y George viviendo plenamente la Antártida; en una pequeña bahía vimos al “Metapasion” amarrado a la costa.

Nuevamente recalamos en Puerto Charcot, donde nos quedamos todo un día disfrutando del buen tiempo. Mientras que algunos se dedicaron a la fotografía, “Gato” esquió, Marcos y Daniel dieron cuenta de la basura incinerándola y Jorge se puso a preparar el barco para el cruce: cambio de aceite en el motor, filtros y un largo etcétera.

Port Lockroy nos deparó una sorpresa: fondeados en la bahía nos encontramos al “Metapassi¢n”. Por suerte nos tocó uno de los pocos días de sol que tuvimos durante el viaje (4 en total) y nos dedicamos a pasear, recorrer la base abandonada a  comienzos de la d‚cada del 60 y a hacer los trabajos de prueba de equipamientos que nos habían solicitado.           Encontramos un par de lugares donde fueron despostadas ballenas. Enormes esqueletos y casillas semidestruidas ocupadas por pingüinos, eran los restos dejados por el hombre.  Este puerto, reconocido por primera vez por Charcot, fue utilizado por balleneros y loberos.

La base guardaba desde baldes con carbón para alimentar las estufas, alacenas llenas de variadas conservas semi oxidadas y hasta revistas y libros en el bar. Afuera, restos de embarcaciones menores se sucedían a los tambores de combustible oxidados y semi podridos que ahora sirven de protección para que los pingüinos (Papua) nidifiquen. La naturaleza recuperando lentamente un espacio que le pertenecía. Porqué no las desarman? La respuesta a esto es interesante. Según los gobiernos es importante dejarlas armadas dado que pueden ser utilizadas en caso de emergencia. Realmente una respuesta que para el que no conoce el lugar puede llegar a tener sentido. En este caso a a solo un par de kilómetros están los refugios de Dorian Bay. Uno es Argentino y el otro inglés.

Dorian Bay.  

Nuevamente nos encontramos con el barco francés “Metapassi¢n” fondeado cerca de la orilla. A unos 100 metros colocamos el “Callas” y bajamos a tierra. Con George y Michelle, que venían de esquiar, quedamos en hacer un asado antes del anochecer. El refugio argentino guarda un par de “snowcats” y algunas herramientas. En cambio el refugio inglés esta equipado para que en él puedan vivir cómodamente una docena de personas. Cuenta con utensilios de cocina, faroles de querosene, linternas, equipo para hacer agua, alimentos de todo tipo, herramientas, camas, ropa de abrigo, biblioteca y hasta papel y sobre para mandar correspondencia.

Por supuesto que la parrilla estaba en el refugio argentino. La cena se prolongó por varias horas y después del “asadito”, siguieron canciones marineras francesas que cantaba Michelle mientras George la acompañaba con la armónica. Sin duda alguna fue la noche más insólita que pasamos en la Antártida. Algo as¡ como la despedida.

Recuerdo los que nos contara Georges y Michelle de su primera navegación: “Nosotros no habíamos leído ningún libro, a ninguno de los famosos, solo queríamos navegar. Así es que compramos el barquito y salimos. El viento comenzó a aumentar más y cada vez más. Fuimos achicando velas. Michelle me preguntó: Esto es una tormenta? Cómo lo iba saber yo. Nunca estuvimos antes en ninguna, así es que esperamos para ver que pasaba. Después nos enteramos que fue una tormenta muy fuerte. Estábamos contentos habíamos pasado sin darnos cuenta nuestra primer tormenta.”

Escritor de 2 libros, uno de los consejos que da en su primer libro, dentro de la lista de las cosas a tener mucha precaución, es: “Cuídese de los libros”. Allí relata como fue que en un momento de emergencia buscó ayuda en un famoso libro de Eric Taberly, “Manual de Maniobras” y gracias a ello, sea por mala interpretación o lo que sea, casi pierde el barco. Sostiene: “Hay que ser sensato y práctico. En caso de emergencia no hay que ponerse a leer un libro sino ver que le sucede al barco para solucionarlo.”

Navega desde hace 15 años junto a su esposa y su gran sentido del humor. Tienen dos hijos grandes, uno ingeniero y otro medico, y ya son abuelos. Piensan dedicarle unos cuantos años más a esta forma de vida para poder disfrutar del mundo que Dios le brindó. No s‚ si hay que imitarlos, creo que sería imposible dado lo particular que son, pero sí vale la pena conocerlos y aprender de ellos.

Más ballenas.  

Con poco viento y casi todo el tiempo a motor nos dirigimos hacia el archipiélago Melchior donde hay una base argentina abandonada. Durante el trayecto aprovechando el mar muy calmo, nos dedicamos a hacer fotos y filmar. Gran cantidad de focas y aves nos rodeaban constantemente. Fue increíble el cambio de actitud que encontramos en la fauna de la península. Se acercaban amistosamente sin el más mínimo temor al hombre. Veíamos a los leopardos marinos cazar pingüinos a pocos metros de nosotros; como así también los skuas matando en el aire a un gaviotín. Depredadores y depredados se nos acercaban con total ignorancia de quién es el mayor depredador del mundo: justamente nosotros.

El mayor espectáculo nos lo brindó un grupo numeroso de orcas y dos ballenas jorobodas. Fue muy cerca de Melchior a las 1735 y duró aproximadamente unos 30 minutos. Primero vimos las inconfundibles aletas de las jorobadas. Cerca un grupo de orcas compuesto de 1 macho y 3 hembras nadaban en c¡rculos velozmente. Otro grupo de orcas (2 machos y 4/5 hembras) comenzó a acercarse en zig-zag a las jorobadas. A proa del velero un tercer grupo (3 machos y 5 hembras) aparecieron y nadaron velozmente a cortarle el paso a las ballenas. El espectáculo fue impresionante. Diferentes t cticas fueron empleando atacantes y atacados. Inmersiones súbitas seguidas de impresionantes saltos. Las aletas de las orcas pasaban a gran velocidad siempre tratando de rodear a las “yubertas”. Estas, en una defensa desesperada, decidieron buscar refugio cerca del velero y se ubicaron una a cada lado.

Fue en este momento cuando de repente apareció una orca macho de gran tamaño dirigiendo un ataque en masa. Nos daban lástima las pobres ballenas, pero la lucha se desarrollaba tan cerca nuestro que temíamos por la integridad del velero. Las ballenas sin dejarse amedrentar embistieron a toda velocidad al grupo de orcas que súbitamente decidió emprender la retirada. No entendimos que pasó. Realmente pensábamos que estábamos presenciando el fin de las “yubertas”. En realidad hubiese sido un eslabón de la cadena alimentaria. Pero;  porqué las orcas desistieron de su ataque siendo tan numerosas? Habrán continuado después? Preguntas sin respuestas; situación a la cual la Antártida nos iba acostumbrando.

Melchior y el regreso.

La recalada en Melchior fue la última en el “continente blanco”. Allí completamos los tanques de agua y nos quedamos esperando los partes meteorológicos para iniciar el cruce del Drake. Nevó constantemente y el frío fue intenso. As¡ y todo sacamos los pisos del barco y generalizamos una ducha para toda la tripulación. Si bien todavía no llegábamos a oler como búfalos, nos quedaban por lo menos 7 días de navegación. Durante ellos, al agua dulce habría que cuidarla escrupulosamente.

El termo tanque funciona con el motor y las estufas de gas oil dando una buena cantidad de agua caliente. Luego bombeamos la sentina y aprovechamos para lavar bien el barco.

Ya saliendo, nos cruzamos con el velero francés “Kikilistrion” que llegaba de cruzar el Drake. Según Oliver, su skipper, todo había funcionado bien y en menos de 6 días había podido cruzar.

Al mismo tiempo escuchábamos por radio a Allex, del velero “Croix St. Paul”, el cual se encontraba refugiado en cercanías del Cabo de Hornos con vientos superiores a los 150 km/hora. Entre la partida del “Kikilistrion” y el intento del “Croix St.Paul” solo habían existido 24 horas de diferencia.

Nuevamente el Drake.

Con esta incertidumbre nos largamos hacia Tierra del Fuego, especulando que en algún momento el viento rotaría al oeste o al sudoeste. Por el momento nevaba y una suave  brisa del noreste nos impuso tirar bordes desde el principio. La marejada pronunciada nuevamente cosechó sus primeras víctimas.

Lo cierto es que tuvimos casi 5 días de vientos del norte al nor oeste; es decir de proa. Comenzamos un avance r pido hacia casa, dado que sopló entre 30 a 45 nudos. Lamentablemente alejándonos del rumbo directo y llegando a pasar la Isla de los Estados. Allí viramos hacia el oeste y por supuesto se presentó el viento del oeste. En pocas palabras fue un viaje largo y bastante movido. Pero gracias a los meteorólogos de la base Marambio la pasamos muy bien. Pudieron advertirnos que si continuábamos para el Cabo de Hornos la fuerza del viento iba a ser mayor. Así fue como nos quedamos casi todo un día guardando la misma posición hasta que la tormenta pasó. También nos avisaron de un temporal en el Canal Beagle y hasta cuando iba a aparecer el sol; cosa que lo hizo a mitad del viaje, por unas pocas horas y con un excelente anochecer.

Las 540 millas que nos separaban al Cabo de Hornos se hicieron 992 millas hasta Puerto Williams; para lo cual empleamos 8 días y 2 horas. Aunque nunca existen dos instantes iguales en alta mar, la situación fue similar al cruce de ida. Sin entender muy bien el porque, “Gato” se descompuso nuevamente. El resto también sufrió algo de una u otra manera, pero todos estuvieron aptos para navegar. A lo único que se negaron fue a acompañarme con los huevos fritos con panceta o jamón que me gustan en el desayuno, salvo Jorge que se prendía en todas. Desde las cuchetas se escuchaba gritar: “No seas h.. d. p…, como podes comer eso”. Resumiendo, todo se desenvolvió normalmente.

Roturas, reparaciones, y vestimenta.

El motor y el eje aparentemente no tuvieron m s problemas. Si el problema fue con el caño de escape que se descabezó. Esto hizo que tuviéramos que navegar con la puerta entornada pero el hollín se metió en todas partes. Llegamos a Ushuaia con un color negro pero no precisamente por el sol.

El velamen de HOOD funcionó bien. El único defecto fue que en la mayor debimos reemplazar casi todos los garruchos. La trinquetilla creo que es el mejor invento para navegar en el mar o con mucho viento.

En cuanto a la vestimenta que nos proveyó la firma MUSTO tanto los trajes de agua como, los polar, la ropa interior y las botas fueron excelentes. En ningún momento pasamos frío. En realidad hasta nos sofocaba un poco. Los trajes utilizados fueron el Offshore de dos piezas y el Ocean de una sola pieza. Este sin tener las pretensiones del antiexposición, resultó liviano y en el agua pudimos mantenernos a flote y nadar sin que entre agua. Las botas M1 como las M2 fueron excelentes. No solo arriba del barco sino que las utilizamos por toda la Antártida. Nada que ver con el resto conocido.

Una de las cosas ideales fue la ropa interior. Nunca la habíamos usado pero es de un resultado excelente. Los trajes Offshore poseen capucha con polar, cierre doble hermético con un ajuste en la cara muy bueno. Cuello con polar y “calienta manos”. Es decir un bolsillo forrado de polar que sirve para calentarse las manos rápidamente.

El cierre de los pantalones en la bota es magnífico. Se necesita mucha agua para llegar a mojarse. La capucha con polar es ideal. Jamás vimos ropa tan bien pensada y con materiales excelentes. Ninguno sufrió la más mínima rotura. Los sacos y pantalones de agua fueron usados tanto navegando como para uso constante en toda la Antártida. No llegamos a usar ninguna de las otras camperas suministradas por diferentes firmas.

Las últimas millas.

Después de una veloz ducha en el club de Yates Milcavi, continuamos hacia Ushuaia, por suerte a remolque del Catamarán de turismo “Angel MB” el cual nos llevó a m s de 9 nudos. Fue una bendición ya que con el fuerte sud oeste que había hubiésemos arribado bien entrada la noche. Nosotros ignorábamos el recibimiento que habían organizado. A unas 20 millas de la bahía de Ushuaia fuimos escoltados por las lanchas r pidas de la Armada (Barranqueras y Concepción del Uruguay) y el GC 80 de la P.N.A.. Ya mas cerca también estuvieron presentes los veleros del club náutico, la lancha “Surubí” del Gobernador, además de botes y gran cantidad de curiosos y familiares en el muelle. En especial recuerdo a Don Vicente Padin, que en su silla de ruedas, ya en lo que fue su última salida de su lecho de muerte, pidió que lo llevaran a recibirnos. Según nos comentó quería hacerlo navegando pero su esposa y familiares se negaron a que lo haga. Este navegante pionero de Ushuaia condujo desde jangadas de troncos por el canal Beagle, a veleros, lanchas y buques llegando a realizar m s de 367 despachos durante un mismo año, es decir, llegar a zarpar de Ushuaia m s de una vez por día.

Pero el mayor impacto que recibí fue volver a ver el color verde de los bosques de Tierra del Fuego. Había terminado mi guardia alrededor de las 23 horas, mientras nos acercábamos a la isla Picton. Al despertarme al día siguiente noto que hay sol y miro por la ventana. Lo primero que v¡ fue un tupido bosque de lengas con follaje bien verde. Estábamos navegando al través de la isla Picton muy cerca de la costa. La impresión fue tremenda. En la retina todavía tenía grabado el blanco y negro de la Antártida. Aquí se descubría un nuevo mundo: el del bosque subantártico.

Atrás había quedado el temido y tormentoso Pasaje Drake. Tal v‚z el m s peligroso que existe para todo navegante. Gracias a ‚l la Antártida quedó protegida del hombre durante siglos. Ahora los adelantos técnicos permiten cruces cada vez más fáciles. El turismo aumenta año tras año como así también la presencia de nuevos países.

Con una botella de Champagne festejamos nuestro regreso. No éramos los mismos que habíamos partido. Muchas cosas cambiaron en nuestro interior y muchas m s cambiar n a medida que pase el tiempo. Pero algo ya comprendíamos todos: ” Este continente sin habitantes que desplazar, sin las guerras y matanzas que significaron la formación de cada país de América, sin posteriores reclamos sobre quienes son los verdaderos dueños de la tierra, esta en la mira de todos los gobiernos del mundo. Esperemos que no la destruyan y que pueda mantenerse igual a la Antártida que vieron Amudsen, Shackelton, Scott, Charcot o el Alferez Sobral a principios de este siglo. Para las generaciones futuras.

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